Me dijo que no se me ocurra acampar por acá porque hay osos. Muchos. También este invierno pasaron algunos lobos. Años atrás trajeron cinco osos desde Eslovenia y los soltaron con sus brazaletes electrónicos y con el tiempo los perdieron y los dieron por muertos. Ahora hay muchos. Y no te los querés encontrar.

De alguna manera llegué a Italia porque hasta ahora estuve entre islas. Veo las luces de la ciudad y allá del otro lado Sicilia. Se siente el estrecho. Las luces del faro sobre la roca y hacia el noroeste el chispear de otro faro distante. Escucho el mar furioso que va perdiendo su fuerza acorde amaina el viento. Podría después contar que acampé frente al mar o que acampé bajo las vías del tren. Ambas descripciones son verdaderas. El pueblo es increíble. La ruta que tomé se cae al mar. Entre el azul, la roca y los cerros abruptos. Después de una curva aparece la gran vista del pueblo dando a una playa y la roca donde está el castillo y el faro. Del otro lado las casas se caen al mar literalmente. Ya al salir de Villa San Giovanni iba por una calle paralela al estrecho con callejones que daban al agua; un poco de arena y los botes. Esperaba encontrar más de esto en Sicilia pero lo encontré aquí. Por ahora. ¿Qué le agregan nuestras expectativas al mundo aparte de desazón? Había olvidado que tenía unas botellas de vino diminutas y me llené de felicidad. Como anoche Venus en el firmamento muy brillante ahora sobre la isla. Me embalé hacia el norte, una impaciencia por comenzar a subir. Hace un día que no me conecto y no se cómo será el clima. Mogwai.

Se hizo de noche y bajé al mar siguiendo las indicaciones de Doménico el bicicletero. Encontré la construcción que me indicó pero vi una sombra y decidí volver a la zona iluminada a comerme mi cena. Ahí escuché el silbido y lo vi del otro lado de las vías. Su perro andaba por ahí. Se llama Stone el perro porque es cabeza dura me dijo. Un rato antes me había mostrado un video que filmó esta mañana temprano subiendo a la ciudad histórica con el perro en la canasta y las cantimploras llenas de algo muy pesado para hacer la bici más difícil y entrenar sus piernas. Doménico, el antiguo campeón. Su madre, una mujer muy amable, me contó la historia de cómo el padre interrumpió la carrera para que no se fuera de la casa. Me lo dijo mientras en el negocio esperábamos a Doménico que no llegaba. Después me habló del otro hijo que vive en Hong Kong. La bicicletería es enorme y llena de cosas. En un momento, mientras atendía a un cliente, me dijo que lo acompañara que me iba a mostrar abajo. Me llevó al sótano. Un sótano increíble al que se accedía por una rampa como de un estacionamiento subterráneo. La rampa era un cementerio de partes de bicicletas. Muchas pero muchas ruedas. El galpón o sótano o estacionamiento privado era gigante y estaba lleno de bicicletas nuevas y partes. Era propio de un supermercado no de un negocio de una ciudad pequeña como esta. Había bicicletas y repuestos para la ciudad entera. Era como esos museos en los libros de Pablo De Santis. Desde que llegué estaba en sus manos. Le hablaba y le daba indicaciones refunfuñando a su empleado mientras miraba el teléfono. Buscaba algo. Después supe qué era cuando de la nada me metió de prepo unos auriculares blue booth en los oídos y me hizo escuchar un podcast sobre la historia de tango: Piazzola me dijo sonriendo. Un negocio lleno de bicis de todos los tamaños y calidades y su bici parecía la de un feriante. Una buena bici, si, pero con un canasto de feria atrás con el que lleva a su perro. El mar está tranquilo. Me silbó preocupado de que no hubiera entendido sus indicaciones y me acompañó. Es el lugar donde duerme su amigo alemán, otro ciclista que viene todos los años en noviembre y le gusta dormir frente al mar. En un momento le hizo un agujero al cuadro de la bicicleta como si fuera una trepanación. “Debo hacerlo” me dijo como si fuera un cirujano y fuera el último recurso para salvar la vida de un paciente. Ayer me hablaron de un pueblo donde todavía se habla un dialecto que es una mezcla de calabrés y griego.

Apenas me asomé de la carpa vi el cielo ponerse rojo y enseguida aparecer el sol. Al ratito me volvió a silbar Doménico ahora para ir a desayunar. Le dije que se venga a Buenos Aires pero no creo.

Iba en una cuesta dura y en eso pasó una camionetita blanca con una calcomanía de un burro atrás. Me reí pensando en qué pensaría el conductor al verme subiendo con todo este peso. Al llegar a un descanso un poco más adelante la camioneta estaba parada y el conductor, un pibe de unos treinta, barba y colita, bermudas y remera de escaladores, me preguntó si no quería ir a su casa a comer algo, tal vez quedarme y descansar.

Mi ventana mira a los Alpes.

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