En una casona antigua en la frontera entre Almagro y Balvanera, una zona popularmente conocida como “El Once”, cada sábado por la noche dos bellas jóvenes habitan durante menos de una hora (aunque quizás en esa zona –la de la ficción– el tiempo transcurra de manera diferente) en un limbo entre la vida y la muerte, en un lugar cuyas reglas ellas, junto con los espectadores, desconocen.

Pero vayamos un poco más atrás. Las muertas es una obra de teatro independiente dirigida por Miel Bargman, quien también es una de las protagonistas junto a Guillermina Pico y Denis Fernández. La obra fue escrita por Bargman, Pico y Corina Bistritsky, y todas ellas, más otras –no muchas– personas en diferentes tareas artísticas y técnicas, forman un grupo que, más interesados en hacer teatro que en el marketing, aún no tienen un nombre que los identifique, aunque ya deberían tenerlo si piensan –ojalá así sea– seguir trabajando juntos.

La primera vez que escuché sobre Las muertas fue a través de Guillermina Pico, quien me aseguró que la obra es ideal para la gente a la que no le gusta el teatro. Es una frase típica para convencer a las personas que, como yo, preferimos el cine no solo al teatro, sino a casi cualquier otra expresión artística que nos obligue a abandonar la comodidad de nuestro hogar. Pero esta es una tara personal que solo dice algo de quien se jacta de semejante tontería, ya que es probable que hoy en día en el teatro se encuentren expresiones más arriesgadas y variadas que en el cine vernáculo, ya sea el independiente o (Dios nos libre) el otro. La comparación con el cine no es gratuita, ya que tanto Miel Bargman como Guillermina Pico, una como actriz y otra como actriz y directora, trabajaron juntas en el cortometraje El pasito de onda (sobre el cual escribimos por acá), y también por separado en otros proyectos cinematográficos.

La relación entre el cine y el teatro excede la extensión (y ambición) de esta nota. Basta decir que André Bazin escribió uno de sus textos más importantes sobre el tema llamado, justamente, Teatro y cine en su cada vez más indispensable libro ¿Qué es el cine?. En la Argentina (actual y pasada) la relación no parece ir más allá del trabajo de ciertos actores. Aunque quizás esta sea una lectura facilista y rutinaria. El llamado, y hoy casi olvidado, Nuevo Cine Argentino intentó abandonar los excesos impuestos por las actuaciones del cine de entonces apostando por “no actores” y rostros desconocidos en historias que llevaban la narración y la actuación a una zona cero, barriendo con casi todo para empezar de nuevo. Fue recién gracias al teatro cuando el cine, al menos el independiente, volvió a querer ser un poco (bastante) más, y fue por la influencia de autores y directores teatrales como Rafael Spregelburd (y seguramente otros, disculpen mi ignorancia sobre el tema) que el cine volvería a reclamar para sí la posibilidad (y ganas) de ocuparse de contar historias, a veces, extraordinarias. Algo que también se extendió a las formas de producción. Las obras de Spregelburd, como La estupidez, parecían estar pensadas para el cine más que para el teatro, y sin embargo era el teatro el que reclamaba para sí esas formas narrativas. Y algo de eso parece continuar y seguir con vida, valga la paradoja, en Las muertas. No tanto desde lo formal, las ambiciones aquí son otras, sino en cuanto a cierto espíritu. De ser una película (y acá terminamos, por ahora, con las comparaciones entre cine y teatro), Las muertas sería una de género fantástico con algo, poco, de gore, cierto humor y una tristeza asordinada.

Desconozco cómo funciona el tema de los benditos spoilers” en el teatro, así que aviso por las dudas que a continuación se revelarán algunos misterios de la trama que quizás sea mejor no conocer antes de ver la obra. Como ocurre con la muerte, algunos prefieren saber, algo aunque sea, de antemano, y otros la sorpresa absoluta. Vaya uno a saber.

Al principio de Las muertas nos encontramos con dos jóvenes tiradas en el piso ensangrentadas, víctimas de un accidente automovilístico, encerradas en un cuadrado de neón que les irá marcando el paso del tiempo que parece extinguirse de una manera tan potente desde lo visual como angustiante. Ellas no saben bien lo que ocurrió, y el espectador tampoco. Un gato (¿o gata?) que responde, cuando y a quien quiere, al nombre de Magenta parece asistir a todo el asunto desde su propio limbo, o quizás como única conexión con el mundo de los vivos. Un hombre vestido de negro, el único hombre en la historia, quien solo parece estar ahí para ayudar a las moribundas, asiste al más extraño de todos los personajes: una china, que finalmente resultará ser una japonesa, quien parece tener la solución a todo el problema a través de unos particulares haikus. Ana y Guada –los nombres de las sufridas protagonistas– tratarán de descifrar lo ocurrido a través de diálogos llenos de candidez de un lado y enojo del otro, soportando los caprichos de algo o alguien a quien no terminan de comprender, ayudadas por el extraño hombre de negro y un mantra de juguete que les proporcionará un breve momento de unión y alivio, lo que deja en claro que a ciertas costumbres y formas de enfrentar la vida no las cambia ni siquiera la posibilidad de la muerte. El resto de la puesta se completa con un off en el que las luces (la oscuridad, mejor dicho) y el sonido terminan de dar forma a este ¿purgatorio? y a un final tan triste como cinematográfico en el que nuestras heroínas asumirán el destino que la obra les depara desde el mismo título. En Las muertas las sorpresas no están en el final, sino durante la espera.

Marcelo Alderete

Ficha técnica Las muertas
Dirección: Miel Bargman
Elenco: Guillermina Pico, Denis Fernández, Miel Bargman
Asistencia de dirección: Tani Covezzi, Corina Bistritsky
Autoría: Corina Bistritsky, Miel Bargman, Guillermina Pico
Diseño lumínico: Ignacio Aveille
Sonido: Román Martino
Vestuario: Ailén Zoe
Pintura: Máximo Pedraza

Sábados de junio
21 h en Establishment
Reservas: lasmuertasobra@gmail.com

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