Pecados Canninos (III) (a)

(MARCELO ALDERETE SIN PARAGUAS, DESDE CANNES, ESTOICAMENTE EMPAPADO) 
Parecía que no iba a ocurrir nunca, pero finalmente, hoy empezó el festival para este humilde servidor, con toda la expectativa que -a priori- pueden generar nombres como Wes Anderson y Michel Gondry. Si dichas expectativas fueron satisfechas o no, es algo que iremos develando a medida que avancemos con el relato de la jornada. Pero empecemos de a poco, que falta mucho.
El día comenzó como siempre, atravesando con mi colega programador la desértica zona en donde se ubica nuestro hotel (zona que hoy alguien comparo con Guadalajara), en busca de la parada de nuestro querido colectivo 20. A medida que avanzábamos por esta zona fabril, notábamos que algo raro pasaba. Había menos gente que de costumbre. Esperamos el 20 y los minutos pasaban sin que apareciera ningún vehículo de la fiel línea. Al rato de esperar, y  mudos ante la posibilidad de tener que encarar una caminata hasta el Palais (mínimo: 2 horas) o de algo aún peor, como tener que abonar los 25 euros que puede llegar a costar un taxi, se nos acerca una señora que en francés nos hizo entender que el día de hoy es feriado. Los motivos no los llegamos a comprender, aunque fueron expresados de diversas maneras por la amable mujer. Si interpretamos bien sus gestos, es posible que la fecha conmemore algún tipo de descuartizamiento realizado a alguien con poder tiránico. O esto, o cualquier otra cosa. Nuestros rostros (almas y bolsillos) se llenaron de esperanza y simplemente tuvimos que esperar media hora más. No era culpa del siempre noble 20, lo sospechábamos, la culpa era de la sociedad.
Una vez en el Palais, y gracias a una serie de postas realizada con un colega y amigo (a quien mantendremos en el anonimato, ya que puso en riesgo su futuro laboral y el alimento de sus hijos), pudimos acceder a la función de Moonrise Kingdom, de Wes Anderson.
Para hablar un poco de la trama, hay que decir que es la primera película para niños que realiza Anderson. Incluso hay un personaje malvado, casi una bruja, interpretada por Tilda Swinton. No se trata de niños portándose como adultos, ni al revés (aunque algo de eso hay), sino una historia de niños enamorados, enfrentados a la sociedad y a desastres climáticos. Una especie de re lectura de Melody, por hacer una comparación.

Moonrise Kingdom posee todo lo que uno sabe y espera de la obra de Anderson, pero esta vez algo falla, o no termina de lograrse del todo. Alguna vez reconoció haber estado a punto de no filmar Rushmore, ya que no encontraba al actor para interpretar Max Fischer, protagonista absoluto de dicha película. Y, a pesar de que esto pueda sonar cruel, el gran problema de Moonrise Kingdom es el niño protagonista Jared Gilman. A diferencia de Max Fischer en Rushmore, quien comenzaba la película siendo un freak insoportable para luego convertirse en un héroe a prueba de (y contra) todos, el tal Gilman nunca deja de ser un niño con un rostro extraño, sin ángel. La verdadera revelación aquí es la joven actriz, también debutante -como Gilman- Kara Hayward, un rostro bellísimo y particular que dota a su personaje de un halo y sofisticación totalmente atemporal. O mejor dicho, una belleza de los años ´60 -la película está ambientada en el `65, año de Pierrot, le fou, otro largometraje de fuga).
Pero no éste no es el único problema. Uno de los méritos del cine de Anderson, siempre fue el de llenar sus historias con grandes personajes secundarios, armados casi siempre en relación a la personalidad de sus interpretes, logrando un efecto único. Esta vez, dichos personajes están armados de manera muy leve, como si todo quedara en manos de los actores, a la espera de una magia que nunca se produce, excepto en contados momentos. Una película menor de Wes Anderson. Algunos me dirán que eso es suficiente, y no seré yo quien les diga lo contrario.
El mercado de Cannes, tan criticado por algunos, tiene algo bueno y es que siempre te da la posibilidad de poder ver algo. Mientras escribo esto me doy cuenta que, en realidad, puede que sea todo lo contrario. De todas maneras hoy el mercado tuvo programada en sus funciones, Captive, del filipino Brillante Mendoza, con Isabelle Huppert de protagonista. Un gran crítico de cine argentino escribió alguna vez que no estaba bien hablar mal de una película después de haber visto sólo quince minutos, pero que, en algunos casos, era peor hablar bien de algunas películas después de haberlas visto enteras. Así que prefiero no contarles más sobre el festivalero filipino. Por otro lado, espero con tantas ansias ver a Huppert a través de los ojos de Hong Sang-soo que cualquier otro sucedáneo me puede llegar a caer mal.
Y hablando de películas a la mitad, hoy ocurrió una desgracia. Bueno, quizás exagero.
Dentro del marco de la Semaine de la critique, hoy se presentaba la película argentina Los salvajes. Una hora antes de comenzada la primera función, la cola de gente esperando para entrar a la sala era impresionante. Yo era un espectador de lujo, ya que me encontraba en el café de enfrente esperando a alguien, quien también iba a entrar en la función. Al rato y de una manera sospechosamente rápida, la larga fila desapareció. No era que el público había ingresado a la sala, sino que la función, debido a problemas técnicos con el proyector, se había suspendido.
El director Alejandro Fadel, se acercó a saludarme, se mostraba tranquilo y comprensivo ante la situación. Me imagino yo en su lugar, destrozando todo objeto relacionado con el festival (con cualquier festival) y pidiendo la cabeza de Thierry Fremeaux, de Sarkozy, de Le Pen y cualquier otro apellido de ese origen. Sin embargo Fadel, al contrario de lo que indica el título de su ópera prima en solitario, demostró ser un estoico. Mientras escribo esto, la distribuidora internacional de la película anunciaba una función extra. La reacción del público damnificado fue civilizada y sólo lamentaban lo ocurrido, para seguir raudos con su, ahora, alterada grilla festivalera.
Ante esta reacción, no resta más que sentir envidia al compararla con los escandalosos cinéfilos argentinos, siempre preparados para el reclamo, incluso antes de que los problemas ocurran. Entre los afectados se encontraban el crítico y programador Gonzalo de Pedro, el Agregado Cultural de Francia en la Argentina, el productor del Festival de Mar del Plata y una programadora del BAFICI cuyo nombre no recuerdo ahora mismo…
Otro momento importante ocurrió en el festival durante el día de hoy: la apertura de la Quinzaine de realisateurs. La cola de gente para ingresar a esta función también era numerosa. Se vio a un afamado crítico de diario argentino, saltar el vallado y ubicarse junto a un compatriota que esperaba en la línea desde al menos, una hora y media antes. Dicho periodista prometió una cena si manteníamos su nombre en las sombras. De no ser cumplida la promesa, no sabemos cómo podemos reaccionar…
Durante la ceremonia de apertura, también se le entregó un premio a la trayectoria la director turco Nuri Bilge Ceylan, autor de la maravillosa Once upon a time in Anatolia. Luego de esto, subió al escenario el nuevo directo artístico de la Quinzaine, el señor Edouard Waintrop, quien después de unas palabras, hizo subir al mismisimo Michel Gondry junto a su elenco. En la sala, para continuar con el cholulismo cinéfilo, también se encontraba Nanni Moretti.
Y ahora pido disculpas. Si bien esto puede parecer un recurso para poder darle de una bendita vez un final a esta crónica, les juro que el cansancio me vence. Mañana sigo con el amigo Gondry. Para evitar el suspenso, desde ya les anticipo que su pelicula es muy mala. En la próxima entrega de estas crónicas, ampliaremos. O al menos eso espero…

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