Después de mandarnos unos mensajes con César descubrimos que podíamos hablar. Entre otras cosas hablamos de una reunión muchos años atrás en el departamento de Mataderos y ese amigo suyo de los años de Letras que había hablado de Anthony Powell que muchos años después (¿10, 12?) yo estaba ahora casualmente leyendo. Fue una tarde/noche de Elvis Depressedly non stop. César no se acordaba bien de la noche. Yo tampoco. Si recuerdo que había sido un encuentro de esos cuando pasan cosas y de repente un grupo de personas que se conoce apenas entre ellas (menos César claro, que nos había invitado y conocía a todos) por una buena voluntad general y disposición y apertura y alineación de los planetas como se dice figuradamente (o no) que en general no dura más que en esos momentos que parecen mágicos y cuando todo es posible, cuando un grupo de personas decía, se arroja a lo mejor de sí en pos de la risa, la verdad y el juego. Había música, había alcohol y era una noche cálida. Seguramente era el cumpleaños de César que es a principios de noviembre. Recuerdo las risas y recuerdo un pibe extrovertido y brillante que en un momento del banquete refirió al Proust inglés. No lo volví a ver a ese personaje al que me hubiera gustado conocer más y preguntarle de más libros e historias como todas las que contó esa noche que ya olvidé. Seguramente volví a casa con la bicicleta de madrugada y algo borracho disfrutando de las calles vacías y el aire fresco como si volviera de otra ciudad.
Después seguimos la conversación y hablamos de La Flor y de lo mucho que nos había gustado y cuando César mencionó que después de unas horas la voz en off te taladra el cerebro yo le conté mi idea de que Llinás tiene una idea completamente equivocada de sí mismo. Llinás tiene la idea de que es un intelectual y que puede hablar de Borges y la influencia de Borges y zaraza y en verdad lo que él hace de una manera brillante muchas veces es popularizar a Borges. Quizás esa es la manera que en esta época se puede ser un intelectual y quizás también al mismo tiempo en que Llinás populariza a Borges también lo está complejizando y dando vida pero el tema le decía a César es que Llinás (y la mayoría de los críticos de cine para el caso) tiene la idea de que es un intelectual a la vieja usanza y no a esta manera nueva mucho más mezclada y lejos del prestigio que alguna vez tuvo. Llinás cree que lo que el ha hecho era solo para ver en Cine, así, con mayusculas, el «Cine», cuando lo que ha hecho Llinás es contar muchas historias, crear incluso una máquina de contar historias que duró catorce horas pero que podría haber durado la vida misma y que nosotros los espectadores podemos hacer con ella lo que nos plazca. Es decir, si queremos podemos ver La Flor en una radio portátil. A Cesar le divirtió la idea. Divagamos un poco más y después me contó que Felipe está cansado del encierro y que su manera de mostrarlo es ponerse fastidioso. Es una lástima pienso que hayamos perdido esas formas tan básicas de combatir el aburrimiento.
No sá sí Powell es el Proust inglés, pero sí que es un escritor de una sutileza increíble y es también un aristócrata que es otra forma de ser un intelectual. De una manera que en verdad no sería capaz de reproducir y que en verdad apenas entreví para ser sincero, Powell se maravilla de ese hecho asombroso, para ponerlo de un modo tosco, de que nuestra vida es mucho más importante para nosotros que para todos los demás.
Seguimos hablando con César un rato más renovando nuestra amistad hecha de muchísimas charlas a lo largo de tantísimos años, muchas veces a la distancia, muchas veces en balcones o terrazas muchas veces también junto al río en mañanas frías de invierno y después me quedé disfrutando de la última luz de la tarde escuchando a Elvis Depressedly e incluso cuando ya la luz se había retirado del todo y el rocío empezaba a caer sobre mi cabeza.

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