No sé distinguir entre música y llanto – Nietzsche

En las dos semanas de forzada abstinencia que hubo entre el histórico episodio 8 y el 9 de la tercera temporada de Twin Peaks, me dediqué a buscar en mi biblioteca libros sobre David Lynch. Terminé descubriendo que tenía más de los que pensaba y hasta aproveché la excusa para comprar alguno que me faltaba (pero esto no lo puedo contar porque la Patrona me tiene prohibido que compre más libros).

Entre todo este material, comencé por un texto ya mítico. La nota que escribió David Foster Wallace para la revista Premiere, luego de asistir al rodaje de Carretera Perdida y que aparece en la edición grande de Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (Editorial Mondadori), no así en la de bolsillo. Ese texto se volvió famoso por varias razones, pero al leerlo ahora compruebo, una vez más, que los escritores a la hora de dar sus opiniones sobre el cine suelen decir mayormente lugares comunes. Y algo de esto le pasa el finado Foster Wallace. Lo que tiene para decir sobre la obra de Lynch es trillado y lleno de obviedades. (No se enojen amigos escritores). Algo raro para alguien al que siempre se lo consideró brillante. En una de sus famosas y recurrentes notas al pie de página, llega a escribir la siguiente barbaridad:

Por lo visto los franceses consideran a David Lynch como Dios, aunque el hecho de que también consideren a Jerry Lewis como Dios puede rebajar un poco el cumplido.

No es tanto el problema el menosprecio hacia Jerry Lewis (en verdad sí), sino la reiteración de un lugar común del intelectual norteamericano y su rechazo a este gran actor y humorista. Lo más interesante de la nota de Foster Wallace, que se llama David Lynch pierde la cabeza, es su descripción de un set de filmación y sus diferentes jerarquías. También queda comprobado que la ironía es una forma de la depresión. No recuerdo si llega a decir algo sobre Twin Peaks, así que sigamos de largo.

Otro libro, recién editado por la editorial española Alpha Decay pero que ya se consigue por acá, es David Lynch, el hombre de otro lugar de Dennis Lim. Está muy bien y uno de sus méritos es el de ubicar al cine de Lynch en la historia reciente del cine norteamericano comercial y el más experimental:

El crítico Parker Tyler observa que muchas películas experimentales estadounidenses de mediados del siglo XX, Meshes of the afternoon incluida, tratan “la acción como si fuera un sueño y a los actores como si fueran sonámbulos”.

Cualquier crítico que cite a Parker Tyler ya se ganó mi corazoncito (salvaje). Pero Lim no solo se concentra en el cine, también relaciona la obra de Lynch con varios escritores, desde Borges (no sé) a Chesterton (bueno), pasando por Jim Thompson y una cita tremenda de Edgar Allan Poe que remite, obviamente, a Twin Peaks pero también a varios momentos de la filmografía de Lynch:

La muerte de una mujer bella es, indudablemente, el asunto más poético del mundo.

También son muy interesantes los comentarios sobre la influencia que ejerció el arte de Lynch en la cultura pop actual (valga la redundancia), en donde cita a Lana Del Rey y Dirty Beaches y también su relación con el arte contemporáneo, un terreno en el que el crítico (a diferencia de quien esto escribe) parece ser un especialista.

En uno de los momentos más interesantes del libro aparecen un par de citas de Fredric Jameson, en las que el “crítico marxista”, así lo llama Lim, dice que Terciopelo Azul y Totalmente Salvaje de Jonathan Demme (ambas películas profundamente norteamericanas), son la quintaesencia del cine posmoderno porque representan la nostalgia de un pasado que nunca existió. No aclara de donde proviene la cita, así que agradeceré la colaboración de mis queridos lectores. En cuanto a la frase, ya que el cine es una ilusión y sobre todo el de Lynch, no entiendo cual sería el problema de sentir nostalgia de algo que nunca existió o de lo que nunca fuimos protagonistas.

Otro de los grandes pasajes de David Lynch, el hombre de otro lugar es esta cita del ensayo de Louis Aragon, titulado La decoración, escrito en 1918 y que se adelanta en la descripción de las atmósferas que, años después, Lynch transformaría en una de sus marcas personales:

En la pantalla, objetos que hasta hace un momento eran simples piezas del mobiliario […] se transforman hasta el punto de adoptar significados amenazadores o enigmáticos.

También acierta Lim cuando, al relatar el encuentro entre el director y el músico Angelo Badalamenti, dice:

Lynch encontró a un socio que podía hacer con la música lo que él tantas veces hace en sus películas: forzar los tópicos casi hasta la ruptura y encontrar emoción en el artificio.

Vale la pena el libro de Lim.

David Lynch (Editorial Paidós), así, sin mayores agregados, de Michel Chion es otro de los que leí. Chion es músico, crítico, realizador, etc., pero su especialización es el sonido en el cine, tiene varios libros al respecto y entonces le dedica muchas páginas al tema. Algo lógico ya que el mismo Lynch dice considerarse más un ingeniero de sonido que un director. Esto lo sé porque aparece en el libro. Otra de las cosas que me entero acá, es que Serge Daney escribió sobre Twin Peaks. Nunca leí eso y me emociono de solo pensar lo que pudo haber opinado Daney. Chion, como buen cahierista, a veces se pone demasiado poético (no seré yo quien vea esto como algo malo) y otras veces hace asociaciones inesperadas. Por ejemplo, cita la película S.O.B. de Blake Edwards a la hora de encontrar universos parecidos al de Terciopelo Azul. Obviamente corrí a ver S.O.B. y no sé si encontré la relación, pero sí que vi una gran película. Sobre Twin Peaks dice que “no se trata de un mundo psicológico” y que:

Es a la vez delirio personal y locura universal, mito y nido para adormecer nuestros sufrimientos, en el que cada uno aporta su ramita.

A esto me refería con las partes poéticas, aunque bien vista, esta frase también tiene algo de lynchiana. Más adelante vuelve sobre esta idea (el libro tuvo varias ediciones a las que se le fueron sumando capítulos mientras la filmografía de Lynch crecía), en donde, hablando de Corazón Salvaje, pero también de Twin Peaks, describe algo que se puede ver de manera muy concreta en la nueva temporada de la serie:

A través de esta película o de Twin Peaks, David Lynch es uno de los únicos directores (¿el único?) en el que se siente el territorio de EE.UU. tal como es y como el cine no lo muestra nunca: algunos asentamientos humanos implantados recientemente, desparramados en el horror de un desierto. Pero el desierto, desierto de humanos, es tanto un bosque lujurioso y primitivo como una naturaleza vacía.
Vacío en el que se pierden los grandes gritos de angustia, cámara de resonancia para la soledad del pequeño ser irrisorio.
Pero también vacío que, por los contrastes exacerbados de dimensiones que permite, separado y aislado, defiende contra la disolución mediante lo lleno, lo que fusiona.
El vacío que permite continuar viviendo.

Algunos otros grandes momentos del libro:

Corazón salvaje, romántica y cercana a Victor Hugo por su amor por los contrastes, y repleta de estridencias y estallidos, es la más hermosa de las baladas amorosas que el cine haya murmurado en la noche.

En su caso, un personaje es lo que hace y dice. Si tiene un mundo interior, es un mundo concreto, cósmico y real, que se puede filmar (como el planeta en la cabeza de Henry en Eraserhead) y no un laberinto de contradicciones psicológicas.

Y para terminar, una frase que parece adelantarse a las polémicas actuales sobre el cine, la televisión, Netflix y todas esas cosas que, nos dicen, son tan importantes de discutir:

Que el cine no será más el que era es, sin embargo, una prueba: la prueba de que está vivo.

De nuevo, nada mal el amigo Chion.

Por último, esto se hizo más extenso de lo que esperaba, sepan disculpar, está el libro Lynch por Lynch (Editorial El Cuenco de Plata) de Chris Rodley. Rodley tiene otra publicación de las mismas características sobre David Cronenberg. Un personaje une a Lynch y Cronenberg, es el productor Stuart Cornfeld, responsable de que Lynch dirija El hombre elefante y Cronenberg La mosca. Nada mal como curriculum. Pero volvamos al libro de Rodley, que es el mejor de todos los citados antes y el porqué de esto está en su título. Rodley y Lynch recorren la obra y filmografía del director y dejan en claro que no solo se trata de un autor con un universo personal maravilloso, y pareciera que inagotable, algo obvio, sino que también es una persona que supo dominar su arte para serle fiel a esos mundos. El director demuestra inteligencia, pero también un rigor que lo acompaña incluso en sus momentos más extravagantes. Hoy ya lo damos por hecho, pero la existencia de la filmografía de Lynch, al fin de cuentas un director mainstream, es casi un milagro. (Quizás exagero, pero creo que no tanto).

Hay en el libro, incluso, un momento en donde Lynch parece hablarnos a nosotros y a nuestra actualidad diaria:

Las personas con motivaciones o pensamientos políticos ven todo lo que aparece desde una perspectiva política. Las personas religiosas lo ven todo desde una perspectiva religiosa. Por lo tanto, solo hay que centrarse en el trabajo y exhibirlo. Según mi opinión, la política está en un nivel y, si no se va más allá de ese nivel, las personas acaban bloqueadas y frustradas. Es el dilema sin fin, la situación imposible: dos lados, tan opuestos, tan elocuentes, pero uno no escucha al otro y las cosas no cambian nunca. Y, de todas formas, todo lo importante sucede por fuera de eso. ¡Es como una historia de terror!

En cuanto a mí, lo que más me gusta del cine de Lynch es la emoción. A los que nos gusta el cine un poco diferente (disculpen esta descripción un poco simplona), siempre nos argumentaron (nos corrieron) por ese lado. Se nos dice que autores como Benning, Mekas o Maya Deren nunca pueden llegar a emocionar como si lo hacen otras películas que, de manera rutinaria y chata nos hablan de un mundo igual de rutinario y chato, con sus historias de clubes de barrio a punto de cerrar, de pelados reclamando el apoyo de una obra social o de gente que sufre enfermedades terminales. Un supuesto realismo para recrear emociones tan fáciles como falsas, todo lo contrario al arte de Lynch.

A mí el cine de Lynch me emociona y mucho. Lloro a mares como sus personajes. Como cuando veo a Sailor cantándole a Lula, en quizás la película más criticada del autor, una canción de Elvis Presley. También cuando todo parece volver a la ¿normalidad? en Terciopelo Azul o cuando cerca del final de Mulholland Drive Naomi Watts y Laura Harring se separan. Volviendo a Twin Peaks, se me parte el corazón cuando veo a Dana Ashbrook (my own private James Dean), quien no solo nunca pudo salir de Twin Peaks (actor y personaje), sino que, justo él, el más hermoso, maldito y rebelde de todos, termina convirtiéndose en un policía. Y dejo de lado el momento entre el agente Gordon Cole (interpretado por el mismo Lynch) y la escena de celos que le hace un David Duchovny travestido. Una mezcla de humor, ternura y delirio, no olvidemos que los dos son agentes del FBI, imposible de encontrar en otras películas, series o lo que sea.
Lo que nos muestra hasta ahora esta maravillosa tercera temporada de la serie, es que el estado actual del mundo es tan terrorífico, que Twin Peaks se transformó en un lugar al que volver para sentirnos seguros. Aunque sea una hora por semana.

Marcelo Alderete

PD 1: este texto fue publicado originalmente como un post en Facebook. Esta es una versión extendida y un poco, solo un poco, más prolija.

PD 2: el epígrafe pertenece al libro El caso Wagner: Nietzsche contra Wagner y aparece citado en el libro de Dennis Lim.

PD 3: agradecemos a las editoriales Paidós, Mondadori, Alpha Decay y El cuenco de plata por haber editado los libros. Estos los compramos nosotros, pero para la próxima, ya saben…

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2 Lectores Comentaron

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  1. Mariano on 9 agosto, 2017
    Y el que publicó Cuarto Menguante?
    • Marcelo Alderete on 10 agosto, 2017
      Hola Mariano. Lo tengo y lo leí. Pero cuando me puse a buscarlo en mi casa, no logré encontrarlo. Supongo que más adelante haremos un agregado. Saludos.

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