¡Volvió la alegría vieja! Tenía que ir a la nocturna para encontrar el bafici que queremos.
Creo que ya lo dije: Jim Finn, te sigo a todas partes. Hace un par de baficis, el planeta Finn entró en la órbita del Abasto: un yanqui con simpatía por las guerrillas latinoamericanas y las guerras pasadas, que habla un castellano perfecto pero un poco chistoso, como cuando habla de las familias que viven en los soberbios de Chicago. Un grande. Vimos de él Interkosmos, un falso documental sobre la guerra fría, y La trinchera luminosa del presidente Gonzalo, un falso (pero de lo más convincente!) documental sobre el adiestramiento en la cárcel de mujeres de una guerrilla peruana a la Sendero Luminoso. Evidentemente al tipo le falta un tornillo, en el buen sentido.
Mientras filmaba Interkosmos le hizo la onda a su amigo Masahiro Sugano, que en sus propias palabras es un tipo muy «convensador», y aceptó protagonizar su primer largo, una friqueada absoluta de coreanos en Chicago y sectas de amor libre. El trabajo tomó una semana de rodaje y le pagaron 500 dólares; su mujer se enojó porque tenía que salir en culo en cámara. Y encima, como tenía que manejar armas, le consiguieron al «gun handler más baratísimo de todo el estado de Illinois». Y así y todo, la película salió adelante, con importantes aportes de la mamá de Masahiro y de la comunidad coreana católica de los soberbios de Chicago.
Jim Finn representa a Don Jim, el director de una organización que es a la vez una especie de secta y un negocio muy lucrativo. Como negocio, venden amor, o mejor libertad de amor: vos hacé lo que quieras cuando quieras y con quien quieras, que firmando el contrato nadie te molestará. Básicamente, «liberan» amas de casa aburridas. Por el otro lado, adoctrinan hombres en el dogma de Don Jim, The Art of Love, que, como el club de la pelea, también tiene sus reglas: no se quedará a dormir, no decorará tu cuarto, no te cocinará, no comerás su comida y otras que se pueden imaginar, y están destinadas a evitar cualquier relación de dominio en el amor. Don Jim anda enamorado y ofreciendo casamiento a una mujer que lo desprecia, pero ése es otro problema.
El segundo de Don Jim -recién ascendido- es Q., un joven coreano que está haciendo carrera hasta que se le cruza en el camino M., recién llegada de Corea. M. se le instala, le sonríe, le cocina y cae en éxtasis cada vez que él muerde un bocado. Y él se rinde, y, bueno, se imaginan, se complica.
Códigos, trampas, mucha comida coreana, dos armas humeantes y mucho humor, una combinación que sólo había visto así de bien en (de pie) Johnnie To. Gracias, Don Jim. Y los dejo, que empieza la charla gratuita de Jim Finn, «El finn del capitalismo». No es broma.

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