Otra Tierra es una de mis películas favoritas. Pertenece al género “Metafísica del espacio exterior”. O “Películas de astronautas metafísicas”. Es un género que me gusta de por sí, incluso las películas fallidas como Interestelar. No es el caso de Gravity que pareciera que pertenece al genero pero no. Gravity es otra película de Hollywood del estilo “perdí a mi hija entonces voy a hacer algo grande para compensar”. Ganar una maratón, convertirme en la mejor en algo, whatever. Nada de metafísica sino todo lo contrario. No importa que tenga las más bellas imágenes jamás filmadas del espacio, es una película común y corriente. Por otro lado está la obra maestra y clásica de Tarkosvki, Solaris por ejemplo y está Moon, otra gran película hecha por el hijo de David Bowie. Ya que estamos menciono que El hombre que cayó a la tierra podría ser del género aunque algo no cuadra del todo. Por ejemplo sucede acá y no allá. Aunque también es el caso de Otra Tierra que está dirigida y actuada por los creadores de The OA y que ha dado de las escenas más emocionantes de la televisión del último tiempo. En Otra Tierra como dice el título un día aparece un planeta igual al nuestro en todo pero en todo. El planeta no solo está ahí sino que se hace visible a simple vista como la luna. O como Marte que antes casi no sabía que existía y ahora lo veo todos los días. No es un mundo posible solamente, es un mundo que está ahí físicamente duplicando la Tierra y lo que sí es posible es que nosotros allá no hayamos cometido los errores que aquí. Lo que más me gustó de Otra Tierra es que es una película del espacio sin efectos especiales de ninguna clase, filmada como una película de Hal Hartley. Ballard lo llama “Ciencia Ficción del espacio interior”. Me acordé hoy de la película mientras pedaleaba. En verdad pensé en ella inmediatamente cuando llegué al paso de Menée. El paso es un cruce de altura de un valle a otro y en este caso un túnel. Luego de subir por un par de horas por un bosque misterioso a causa de las nubes bajas que lo cubrían todo llegué al túnel y del otro lado otro gran valle y una gran vista y nada de nubes y el sol y otro mundo. Otro ciclista que encontré de este otro lado me dijo que del otro lado siempre hace frío. Otra tierra.

Algo de eso ya había tenido ayer. Terminé el día en un prado en una loma con una vista a muchos valles. Frente a mí, en verdad a unos cuantos kilómetros pero perfectamente visible, en la colina de enfrente, un pueblito con su iglesia. Hacia el norte un farallón imponente, hacia al sur una cadena que podrían ser los Comechingones en Córdoba. Fue otro día lleno de peripecias. Había amanecido junto a una laguna allá en lo alto todavía bien en los Alpes. Todavía había ese fresco de la montaña que vivifica. Acá ahora está pesado, caluroso, estoy ya a 600 metros de altura y no a dos mil. La lluvia ronda. La vi pasar a mis espaldas. Sentí los truenos que hicieron temblar la garganta por la que estaba pasando. Fue como en un sueño. Primero había llegado a Le Mure. Una ciudad muy curiosa llena de bares rústicos con gente que parecía siciliana o de Marsella y no de los Alpes. Se gritaban de un bar a otro. Tomé una cerveza en uno de ellos y después de hacer tiempo y descansar un poco salí. Esa decisión en el momento justo hizo que la lluvia quedará justo detrás mío. Pasé un cañón muy impresionante con paredes verticales de unos 200 metros y cuando miré atrás estaba todo negro. Las montañas desaparecieron a mis espaldas. Después llegué a un pueblo y la ruta principal iba hacia donde había más lluvia. Doblé a la derecha siguiendo el GPS y encontré una ruta hermosa entre colinas y prados y sol. Esas cosas solo pasan en sueños y películas. Me había costado llegar a Le Mure. Según el mapa y a ojo la distancia no era mucha pero los carteles indicaban varios kilómetros más. Subí al col del Ornón (1370) y bajé por un camino largo que se hizo angosto entre montañas muy boscosas y salvajes. Después de bastante andar llegué a un encuentro de ríos y valles y aunque Le Mure estaba allí enfrente el camino daba una vuelta enorme para hacerse paso. Una geografía accidentada y difícil. Cañones, ríos y valles que se encuentran en un gran claro por decirlo de algún modo. En la mañana en un pueblo llamado Allemond una señora de turismo muy amable me mostró varios mapas e hizo fotocopias para que yo pueda armarme un itinerario del que no sabía nada de nada. Todos nombres y lugares de los que jamás había escuchado. Por momentos estuve cansado aunque maravillado todo el tiempo, extrañado en esa ciudad rústica y tan distinta de todo. Después la risa de ver pasar la lluvia y seguir por la vereda del sol como en una canción de Serú Girán. Al final del día entonces encontré la lomada con grandes vistas, armé la carpa, me cociné algo rápido y me metí en la carpa cuando cayeron las primeras gotas con la lluvia que ahora sí me alcanzaba en el momento justo.

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