Ahora tengo estos últimos días y kilómetros en el cuerpo. Los desniveles de la meseta; sus escalones; como si todo hubiera pasado de una vez y en un tirón. La gran meseta y sus mesadas, la aparición de quebradas en lugares que parecen imposibles. Se viene por una pampa sin límites y de golpe se asoma un balcón y un valle como un oasis; como ese el nombre de ese disco de Almendra tan hermoso, El valle Interior. Bajé una vez y volví a bajar. Cerros redondeados aquí y allá; los caballos escondidos en el matorral, bandadas de loros barranqueros, un guanaco solitario que salta un alambrado. Después, ya en la gran planicie que baja al mar desde una lomada pude ver al sur el macizo de Somuncurá. Se lo ve desde lejos brotando en el horizonte con ese brillo de los espejismos. Antes se veían tanto al sur y al norte paredones que brillaban blancos. El último tramo desde Valcheta estaba muy cansado, sin energía. Gracias a eso paraba cada tanto y disfrutaba de esa atmósfera de campo que solo se disfruta si se la gana; como esa beatitud de la meditación. Bicicleta Zen. Valcheta es como un secreto. Nadie imagina las maravillas escondidas. Llegando me quedé con la boca abierta mirando el atardecer, me quedé encandilado como una liebre. Cuando me estaba yendo apareció un auto y se bajó un personaje que se me vino encima. Me hubiera asustado si no fuera por su rostro que era de hombre de campo. A mi me gusta la bicicleta se presentó. Era el cocinero del hospital, criado en la meseta me aclaró. Me contó como se fue con otros tres hasta Mendoza con solo una mochilita como equipaje. Pedaleban y pedaleaban y dormían donde los agarraba la noche así nomás. Miré mi bicicleta toda equipada y me dio un poco de pudor. Para la mayoría me faltan cosas y yo sé que tengo demasiado. Hoy a la mañana entró un rayo por la ventana de esos que parecen traer energía de otra parte. Lo mismo anoche con la luz que empezó a filtrarse por todas las ventanas de la casa y me hizo salir. Había un viento fuerte desde el sur. Me llamó Mayra y empezamos a charlar sobre su llegada próxima y el tema de su herencia. En un momento le dije que cortaba porque no podía creer lo que estaba viendo. El cielo tenía esos colores irreales de aurora boreal; rosados, violetas, lilas, todos mezclados en combinaciones para los que no tengo nombre. Aparte estaba sucediendo una tormenta ahí adelante nuestro, mar adentro en su solitaria y placentera singularidad. Entiendo como hay pintores que se mudaron a lugares solo por la cualidad de la luz. Como si fuera poco unas horas después el resplandor de la luna iluminando el mar. Al cocinero de Valcheta lo volví a encontrar en el pueblo la mañana siguiente y me dio un teléfono para cuando regresara para que nos vayamos por ahí. Como no usa celular ni internet me dio el teléfono de su casa. Enseguida aclaró que allí vive su ex mujer, con la que se lleva bien y que vive con sus hijos. Tal vez dijo es la casa de mi ex mujer, no recuerdo exactamente. Unas horas más tarde tuve otro encuentro. Cuando llegué a la ruta 3, a unos kilometros de la entrada a Las Grutas encontré a un ciclista, alias el pulpo, un antiguo poblador que cazaba martinetas para comer y andaba en patas y que con muchos años devino millonario con casa frente al mar. Esas historias de hombres afortunados. Me ayudó a buscar un hotel y me contó de caminos y playas solitarias. Se venía una tormenta como esas de alta mar. Era esa que iba a ver al atardecer. Hacia el sur como si fuera una isla brillaban unos acantilados que parecen una fortaleza y de hecho se llaman Fuerte Argentino. En los pueblos de las mesetas me alojaba en los centros deportivos de cada municipalidad. En esas noches en los gimnasios vacíos leí bastante y muy enfocado. Pasé unas lagunas secas y vi unas liebres patagónicas. Tienen una manera de andar muy graciosa, van a los saltitos rebotando como si fueran perros que se creen liebres y no saben caminar con normalidad. Una vez soñé con unos dobermans que soñaban que eran delfines. Yo tenía miedo de despertar y que los perros despertaran de sus sueños de delfines. A la noche con esa fatiga que no me deja dormir me tiré en un sillón a ver Del Potro/Federer. En la mañana deambulé por el hostel vacío para mí, me dediqué a escribir un poco y a bajar nuevos discos que siempre me llegan como mensajes de otro mundo. The National, Lali Puna, Fennesz. Esa guitarra que se mete hondo, me sacude y me hace vibrar el pecho, que encuentra valles escondidos en la planicie.

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