Carlos, de Olivier Assayas

Primero que nada hay que aclarar que la película que se estrena aquí y en varias partes del mundo es un recorte de la miniserie que Olivier Assayas filmó para la televisión. ¿Tamos?

Bueno, para el desprevenido que no lo sepa, “Carlos” es “Carlos, el chacal” un famoso terrorista de los años 70 y 80, que principalmente sirvió a los intereses de organizaciones radicales proalestinas. (Además inspiró la tapa de un disco de Black Grapes).

Seguramente más de uno criticará la falta de rigurosidad de “Carlos” (como, por ejemplo, el propio Carlos) o la espectacularización de la historia.

¿Pero necesitamos una película aséptica históricamente? Quizás sí, pero “Carlos” es otra cosa y está bueno que lo sea. Tampoco es, por suerte, una película de memorabilia, como esas de las que abundan, donde las referencias nostálgicas no tienen fin y te pueden aparecer Gorbachov y Reagan peleándose en la Plaza roja, mientras ven a Maradona meter algún gol en México ´86. Lo dicho: ni siquiera es una película estrictamente “histórica”. Es más bien una película que utiliza la estructura de la guerra fría, que se vale de pedazos de su historia y construye a su vez la suya propia, la cual no sólo es más divertida sino que expresa más abiertamente una mirada sobre esos años, y con algo de suerte hasta nos ayuda a entenderlos.
 

Si Carlos se construye en “Carlos” como una figura carismática, super cool, determinada, con un físico espectacular y extremadamente seductor, no de una manera menos esquemática se construían a sí mismas las organizaciones terroristas durante la Guerra Fría. Si las chicas de “Carlos” se calientan con su poder y sus granadas (mención aparte para el talento de Assayas para filmar estas escenas) no es algo gratuito. Todo ello expresa la forma en que se originó una buena parte de esas organizaciones terroristas, muchas veces más llevadas por la líbido y la adrenalina primero y por el dinero después, que por un background ideológico sólido y con fuerza estimulante propia.

Carlos (sin comillas), así configurado, representa en sí mismo la historia de esa multitud de organizaciones terroristas que nacieron desde el romanticismo comunista (con toda la sinceridad e inconciencia que eso implicaba) y que se fueron convirtiendo en estructuras vacías, en maquinarias profesionales y bien lustraditas, pero sin un norte ideológico preciso. En fin, que se transformaron en pymes o en grandes empresas proveedoras de atentados para manijear una u otra decisión política o económica.
En una escena, Carlos acusa a su futura esposa de estar jugando a ser terrorista. A tener un pasaporte falso, viajar por el mundo, darle un poco de adrenalina a una vida de pequeño burguesa.

En verdad, allí Carlos se acusa a sí mismo y acusa a toda la lucha armada de esa época. A todas esas brigadas internacionales que funcionaban como guardianes y promotores de una realidad cada vez más putrefacta. Que en vez de preguntarse “¿Qué pasa Secretario General?” se embarcaban en el infinito juego de los atentados sustitutos, transformándolos y transformándose en nada más que mercancía. En una especie de terrorismo de oficina.
 
La forma espectacularizada y carismática de “Carlos” al narrar el derrotero de Carlos, como joven promesa del terrorismo internacional, movie star luego y figura patética y decadente al final, narra en realidad el derrotero de una forma de entender la política que osciló entre el internacionalismo romántico y la tecnocracia militarista, y que muchas veces tenía la forma pero no siempre el contenido.
Más allá de las interpretaciones históricas de forma y contenido, la película funciona muy bien como thriller. Creo que puede atrapar a cualquier espectador esté interesado o no en hurgar en la historia del terrorismo. Las tres horas se pasan más rápido que lo que tardó el Glasnost en derrumbarse. Y eso ocurre porque la película asume el ritmo de aquellos años desesperados. Entonces sabe jugar entre la tensión y la explosión, entre las esperas, los planos largos y los abruptos cortes de ritmo que generan las balas y granadas. De esa manera, se conforma un thriller trepidante, carismático, glamoroso, sensual, a veces ridículo pero siempre apasionante. Bueno… como la Guerra Fría misma, ¿no?
 
Carlos se exhibe en las salas Arteplex Belgrano, Centro y de Villa del Parque. También en el Sunstar de San Isidro. Además, en la sala Lugones a partir del martes 21 comienza una retrospectiva del cine de Assayas con copias en 35mm.